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“Créeme: encontrarás más en los bosques que en los libros. Los árboles y las rocas te enseñarán cosas que no aprenderás de los maestros de la ciencia.” Bernard de Clairvaux

El serbal es uno de los árboles más hermosos de nuestros montes, con sus frutillos rojos y su follaje encendido. Por eso no es extraño que se haya plantado junto a casas y cuadras por todo el norte de Europa y se siga utilizando en jardinería.

El parecido de sus hojas con el fresno explica el origen de muchos de sus nombres populares: “fresno de montaña” o “fresno silvestre” es como lo llaman los anglosajones; otsolizar (fresno de lobos) es uno de sus nombres en euskera y en Asturias se le conoce como alcafresno. El apelativo inglés rowan, procede del nórdico runa, que significa “misterio”, y en las islas británicas también se le ha llamado “árbol de la vida”, aunque paradójicamente se plantaba junto al tejo en los cementerios galeses. 

Sus vistosos racimos de frutos encarnados atraen en otoño a un gran número de invitados que, a cambio, diseminan las pepitas diminutas. Estos aliados del serbal son muy diversos: mirlos y zorzales, petirrojos e incluso el azor son algunas de las aves que comen este fruto. Pero también son convidados asiduos las martas y garduñas, los zorros o el tejón. Precisamente, el nombre castellano, “serbal de cazadores”, proviene del uso que se hacía de estos árboles para acechar a los zorzales que acuden al reclamo de sus frutos. 

Por tierras de Sanabria y el Caurel, se creía que una fructificación abundante del serbal anuncia un invierno duro, con mucha nieve. Esta misma creencia se aplica a otros árboles como el acebo, el roble o el fresno en otras regiones. Entre los escandinavos, estaba consagrado a Thor, dios de la Tormenta, y las Eddas de Snorri recogen el dicho: “El serbal es la salvación de Thor”, ya que, a punto de ser arrastrado por las turbulentas aguas del río de la Muerte, el dios pudo asirse a este árbol y alcanzar la orilla, con lo que logró salvar su vida.

Poderes mágicos

La rama de serbal está presente en la cultura europea de mil modos distintos: ramos protectores contra toda suerte de hechizos, varita mágica, leña para alimentar los fuegos sagrados, árbol protector plantado junto a casas y cabañas, montura de brujas, cayado del pastor, báculo de druida… 

En Escocia, este árbol mereció una particular veneración y se han llegado a relacionar los monumentos megalíticos  escoceses, especialmente los cromlech, con la presencia en el lugar de viejos serbales. Un antiguo refrán de esta región decía que “el serbal y el hilo rojo protegen de los hechizos”. Sin embargo, es en Irlanda donde alcanzó un mayor prestigio como árbol mágico. Según la tradición de este país, dormir entre sus ramas atraía sueños proféticos. 

En la leyenda, el druida Cithruadh enciende una hoguera con madera de serbal en contra de los enemigos del rey Cormac. Pero su rival, Mogh Ruith, hace lo propio y prepara un fuego aún más poderoso –probablemente de tejo, ya que es el árbol con el que se relaciona a este druida o dios irlandés– y logra sofocar la hoguera de serbal. 

Como árbol de montaña, que prefiere la altura y los territorios salvajes, el serbal ha convivido desde hace milenios con las culturas pastoriles, de ahí que, ante todo, el cayado de serbal fuera báculo de pastor y, plantado en medio del campo, protegía en Estonia a los rebaños de todo maleficio. 

Sus frutos, en conserva o en licor

A diferencia de su primo, el serbal doméstico, los frutos del serbal de cazadores no son agradables para el consumo, aunque pueden cocerse para hacer algunas conservas o preparar un licor con ellos. 

Se ponen 250 gramos de frutos de serbal de cazadores en una cazuela con un litro de aguardiente o coñac y un litro de agua destilada. 

Se deja macerar durante una semana y se filtra estrujando los frutos. Aparte, se disuelve un kilo y cuarto de azúcar en medio litro de agua destilada caliente y se cuece durante dos minutos.

A continuación, se añade el jugo filtrado, mezclándolo bien, y se llenan las botellas. Por último, se tapan y se dejan durante dos meses en un lugar oscuro y fresco. A partir de ese momento, ya es apto para el consumo.

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